Estamos ya en plena crisis recesiva de la economía
mundial y, en consecuencia, también de la economía mexicana. El carácter
generalizado de la misma, de la que no se salva nadie, es la mejor prueba de
que tienen razón los “catastrofistas” cuando afirman que la verdadera
globalización no consiste tanto en la difusión mundial de la tecnología,
el crecimiento económico y la elevación de los niveles de vida de la
población, sino en el contagio veloz y realmente universal de las enfermedades
de los grandes centros económicos y financieros del mundo. Ciertamente, los
países ricos no son tan diligentes en compartir con los pobres sus
conocimientos y su riqueza (ni siquiera sus empleos), como en arrojar sobre
ellos la carga principal de sus problemas y sus fracasos. Ante la preocupación,
la alarma y la inconformidad que inevitablemente genera la situación, hay una
política institucional orientada a evitar que esos síntomas de debilitamiento
de las bases y, en consecuencia, de la estabilidad del sistema en su conjunto,
se difundan y generalicen entre la población. Pero, contra lo que pudiera
pensarse, esa política no consiste en medidas prácticas y efectivas, que vayan
a la raíz del problema y que lo ataquen en sus verdaderas causas y no sólo sus
efectos (y sólo en una parte de esos efectos, aquella que lesionan los
intereses de la clase del dinero) como ocurre hoy. Aunque parezca absurdo, lo
principal de la campaña se centra en discursos que satanizan a quienes se
atreven a hablar abierta y descarnadamente de la profundidad de la crisis y sus
efectos, y al mismo tiempo difunden versiones edulcoradas sobre su gravedad y
duración y llamados grandilocuentes a “enfrentarla con unidad y entereza”.
En este
tenor, escuchamos o leemos con harta frecuencia vehementes declaraciones de
políticos encumbrados, “especialistas” y medios de información influyentes, que
llaman a no alarmarse en exceso ni alarmar a otros con “exageraciones”; que
afirman que “México es más grande” que sus problemas; que los mexicanos, como
pueblo, no se “achican” sino se “crecen” ante las dificultades y, finalmente,
que saldremos de ésta como hemos salido de otras catástrofes iguales o peores
en el pasado: victoriosos y más unidos y fortalecidos como nación. México,
afirman los pregoneros del “estoicismo” a la mexicana y del voluntarismo
irracional, no sucumbirá ante la crisis ni se hundirá como país; sobreviviremos
como hemos sabido sobrevivir en encrucijadas más peligrosas que la actual. Lo
único que necesitamos es “trabajar más duro que nunca”, “apretarnos más el
cinturón” y no quejarnos, no sembrar alarma y desaliento con opiniones y
predicciones “catastrofistas” y enfrentar el reto unidos como un solo hombre y
como un solo país. En síntesis, una catarata de frases huecas como medicina
contra el cáncer económico que padecemos.
Pero el
problema no es tan sencillo. Lo que preocupa y molesta al hombre de la calle no
es sólo el empeoramiento de su situación económica (más desempleo, más
carestía, salarios reales cada vez más insuficientes, una aplicación del gasto
público que para nada se preocupa por sus necesidades urgentes, etc., etc.),
situación que ya era bastante mala aun antes de que estallara la crisis actual;
no es sólo la insultante paradoja de que, mientras a él se le arrojan migajas
para calmar su descontento, el grueso de los recursos de “salvamento” van a
parar a los bolsillos de los privilegiados de siempre (que son, además, los
verdaderos causantes del desastre); no es, siquiera, el aparente absurdo de que
tales recursos salgan de sus bolsillos y del esfuerzo de sus brazos, es decir,
que los pobres y carentes de todo, tengan que subsidiar con su sacrificio y
sudor a los multimillonarios abusivos para “evitar la quiebra del sistema”.
No es sólo eso, repito. Es, además, el hecho de que toda esa injusticia no
representa, de ningún modo, la verdadera solución. Y eso por la sencilla razón
de que no identifica ni ataca, en consecuencia, la causa de fondo de la crisis,
que no es otra que la anarquía y el autonomismo con que actúan los señores
capitalistas privados en el seno de la sociedad, donde se mueven como pez en el
agua gozando a plenitud de la libertad de empresa pero impulsados sólo por el
afán de máxima ganancia, sin que les importe un cacahuate el bienestar de los
demás. Y esto se complementa con el hecho increíble de que no haya, ni
remotamente, una autoridad que los discipline y los alinee con los intereses
colectivos. Por eso, salvarlos hoy de la bancarrota con dinero del pueblo es sólo
comprar un respiro a sabiendas de que el fenómeno, más temprano que tarde,
volverá a repetirse y cada vez con más fuerza. Es algo así como intentar llenar
el famoso tonel de las danaides.
Es
absolutamente cierto, como afirman los sembradores de
optimismo gratuito y fingido, que México no desaparecerá como nación con esta
crisis; que saldremos adelante al costo que sea, como salimos de situaciones
similares en el pasado. Pero en esto no residen la duda y el escepticismo de
las mayorías empobrecidas. Lo que ellas se preguntan es, precisamente, a costa
de qué sobrevivimos en el pasado; cuál fue el precio que tuvimos que pagar y,
sobre todo, quién pagó ese precio. Todo mundo sabe que nuestra sobrevivencia no
fue gratuita; que costó millones de vidas y ríos de dolor, pobreza, hambre y
sufrimiento humanos; y todo mundo sabe también que no todos pagaron la misma
cuota de sacrificio, que la mayor parte corrió a cargo, como ocurre siempre, de
las clases populares, las más indefensas, las más expuestas y las más generosas
cuando de sacrificarse se trata. Y si no, estúdiense las estadísticas de las
víctimas de la Revolución de 1910-1917, las del terremoto del 85, o visítese
las zonas devastadas por huracanes e inundaciones en Tabasco y Yucatán, dónde
miles y miles de damnificados siguen esperando una vivienda.
Venir a
decirnos hoy que saldremos adelante como hemos salido en el pasado, sin
precisar qué medidas serias se están tomando para ello; salirnos con el “rollo”
de que hay que “trabajar duro” y “apretarse el cinturón” sin protestas ni
catastrofismos, sin precisar qué se hará para evitar que todo el peso de la
crisis caiga sobre los pobres, no sólo es intentar conjurar con ensalmos
verbales la dura realidad (hacerle al curandero social, al brujo de Catemaco de
la política); es, además, burlarse de las víctimas llamadas a inmolarse en el
altar del todopoderoso capital y de la “economía de mercado”; es tratar como
retrasados mentales a los únicos que con su esfuerzo productivo y su acción
política organizada y consiente, pueden, cuando menos, comenzar a ponerle a las
crisis en general el único remedio efectivo para acabar con ellas: un reparto
más equitativo de la riqueza actual y un reparto más igualitario de los costos
del desastre. Así aprenderían a cuidarse más los que lo causaron.
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