La democracia absoluta, como quiera que se la entienda, es
imposible porque es incompatible con la existencia misma de gobierno. Todo
aparato del gobierno es, por definición, la “representación de la sociedad”, la
cual, según reza la teoría, delega en él todo el poder necesario para tomar las
decisiones fundamentales que garanticen la existencia y el funcionamiento del
sistema socioeconómico en su conjunto. El poder, pues, la capacidad indiscutida
del aparato de gobierno para tomar las decisiones políticas y económicas
fundamentales y para hacerlas cumplir por el resto de los ciudadanos (sean en
su favor o en su contra) constituye la esencia misma, la razón última y
primera, de ese mismo aparato de gobierno. No es posible, pues, un Estado en el
que existan, al mismo tiempo, un verdadero gobierno y una “democracia plena”,
es decir, una distribución igualitaria del poder entre todos los ciudadanos,
pues esto último implicaría, necesariamente: la negación misma del gobierno,
significaría despojarlo de su más íntima razón de ser.
Un país con un gobierno que no mande,
que se concrete a aplicar las directrices de la ciudadanía (tomadas y
transmitidas por no se sabe qué mecanismos infalibles y misteriosos),
“coordinar” las acciones de los demás, es una redonda utopía que sólo cabe en
la cabeza de ciertos “revolucionarios” y de ciertos “izquierdistas”,
trasnochados, poco acostumbrados a meditar en serio lo que dicen. La
democracia, digan lo que digan sus modernos maquilladores e incondicionales
glorificadores, no es, y no puede ser otra cosa, más que un mecanismo para
legitimar a los órganos de gobierno en general; no es, en contra de lo que
difunden sus ultramodernos e interesados panegiristas, un recurso para el
ejercicio de la soberanía popular sino, precisamente, para la abdicación de la
misma en favor de unos cuantos “elegidos”, los cuales, a partir del momento
mismo de su elección, se transforman, como por arte de magia, en los dueños
absolutos de las vidas y las haciendas de sus incautos electores. La tarea primordial
de todo gobierno constituido, cualesquiera que haya sido el camino de su
ascenso al poder, es la conservación del mismo a como dé lugar.
Por eso, la democracia es siempre,
fatalmente, un simple mecanismo formal para la retención “legal” del poder, y
no el paraíso que nos cuentan y nos prometen quienes ven en ella un posible
camino para su propio ascenso y coronación. La democracia es un método para
elegir gobierno, y todo gobierno es, por esencia, la negación de la verdadera
democracia, es decir, del auténtico poder del pueblo. Esto ya lo sabían los
anarquistas y por eso, más consecuentes que los actuales “independientes”,
acuñaron como divisa la negación de todo gobierno para que haya verdadera
democracia, pues es necesario que deje de existir el gobierno, pero entonces
puesto que ya no habría necesidad de elegir nada, tampoco sería necesaria la
democracia. La verdad científica en este punto es, entonces, que la democracia
absoluta está condenada a no existir nunca.
Ningún luchador serio, en consecuencia,
y menos el pueblo trabajador en su conjunto, se puede plantear como meta de su
acción política una quimera, una utopía, como es la “democratización plena del
país”. Partiendo de la verdad evidente de que la humanidad en su conjunto aún
no ha podido -ni sabido quizás- crear las condiciones materiales para la
desaparición de todo poder opresor exterior al hombre, de todo gobierno de
clase, restrictivo por tanto de los derechos y las aspiraciones de la inmensa
mayoría de la humanidad que somos los trabajadores; en síntesis, reconociendo
como inevitable y hasta necesaria, hoy por hoy, la existencia del gobierno, la
meta realista, urgente e inmediata de los oprimidos, de los trabajadores en
general, no puede ser otra que la creación de un escudo, de una defensa eficaz
en contra de los abusos, las exigencias desmedidas y la presión política,
económica y legal de ese poder inevitable que es el gobierno.
La propia teoría burguesa del Estado,
consciente quizás de la gran indefensión de las masas populares ante el
tremendo poder concentrado en mano del gobierno creó, y ha seguido
“perfeccionando” a través de sus ideólogos, la teoría de los “contrapesos”, de
los recursos legales y políticos para contrarrestar, en parte cuando menos, la
acción unilateral del poder público. Tal es el origen de la famosa división de
poderes ideada por Montesquieu.
Sin embargo, es la propia experiencia
histórica de la sociedad quien se ha encargado de demostrar la nulidad de
dichos intentos. A estas fechas es ya más que evidente que, por más vueltas que
se le den a la teoría, por más retoques que se le den al cuadro, el aparato de
poder no puede autocontrolarse, ponerle el mismo, por su sola voluntad, límites
a su propio poder. Es necesario, para que cuando menos los intentos de tal control
sean auténticos, que la iniciativa esté en manos de los directamente afectados,
es decir, en manos del pueblo.
De aquí resulta que la única fuerza
realmente democrática, realmente capaz de frenar los abusos del poder y de
defender a toda costa los intereses de los humildes, de los campesinos, de los
obreros y del pueblo en general, es, justamente, ese mismo pueblo, organizado y
concientizado para el desempeño de semejante tarea. Por eso, en la coyuntura
actual del país, la tarea verdaderamente progresista y revolucionaria consiste
en llamar al pueblo una y otra vez, sin descanso, predicando con la palabra y
con el ejemplo, a organizarse, a unir fuerzas con sus iguales, para la defensa
de su vida y de sus intereses. Bien entendido, además, de que la organización
profunda y consciente de las masas, es, ha sido y será siempre, el primer paso
en serio para hacer girar, una vuelta más, la rueda de la historia.
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