Leía yo ayer, lunes 1° de abril, dos notas de prensa
que me produjeron cierta sensación de desesperanza y de preocupada impotencia.
La primera es una carta abierta, firmada por el Antorchismo Nacional y dirigida
a las más altas autoridades del país y al señor gobernador del Estado de
México, Dr. Eruviel Ávila Villegas, para informarlos puntualmente de tres
hechos delictivos, cometidos en un intervalo de no más de 72 horas, en contra
de funcionarios del H. Ayuntamiento de Ixtapaluca, Estado de México, que preside
la antorchista Maricela Serrano Hernández.
1° Una
agresión a tiros en contra del director de Desarrollo Social del ayuntamiento ixtapaluquense
quien, por suerte para él pero no por voluntad de sus atacantes, logró salvar
la vida.
2° Un
grupo de encapuchados fuertemente armado con rifles de alto poder, asaltó al
profesor Bernardino Domínguez y a dos personas más que lo acompañaban. Haciendo
a un lado detalles tales como insultos, órdenes humillantes y sangrientas
amenazas, el saldo fue el robo del vehículo en que viajaba el profesor, culpable
–así le dijeron- de ser el dirigente del antorchismo ixtapaluquense.
3° Entre uno y otro de ambos actos vandálicos, en
varios teléfonos celulares de funcionarios del H. Ayuntamiento, incluido el de
la Presidenta Municipal, se recibió un anónimo (en todos el mismo) en el cual,
sin rodeos y con un lenguaje cuya crudeza, saña y estudiada bajeza trasluce el
odio irracional, bestial de sus autores en contra de los amenazados, se hace
una espeluznante enumeración de los pasos que seguirá la masacre que piensan
llevar a cabo, “sin ninguna compasión”, en todos y cada uno de los funcionarios
de filiación antorchista que laboran en el cabildo, comenzando por la
Presidenta Municipal. En el anónimo se hace referencia al ataque sufrido por el
director Desarrollo Social, lo que evidencia que atrás de él se halla el mismo
grupo de criminales.
La
segunda nota se refiere a un nutrido grupo de indígenas hidalguenses (aclaro
que no eran antorchistas) que, desde sus lejanas y abandonadas comunidades,
llegaron hasta las inmediaciones de la Secretaría de Gobernación federal en
busca de atención a sus múltiples inconformidades y carencias. Lo “noticioso”
del caso es que estos mexicanos humildes encontraron, en lugar de trato amable
y oídos atentos, un impresionante muro de altísimas vallas metálicas, detrás
del cual se hallaba apostado un ejército de policías, armados, protegidos y en
posición de combate como si se tratara de repeler el ataque de un ejército
enemigo. Los medios informativos, por supuesto, ignoraron olímpicamente las
demandas de la gente y sólo destacaron “el caos vial” provocado por el “cierre
de calles” (¿por parte de quién?) a causa de la marcha. Justamente esto, el
trato dispensado a los pobres de Hidalgo, me hizo recordar que exactamente lo mismo
ocurrió, pocos días antes, a una comisión de antorchistas encabezados por
cuatro diputados federales y el gestor nacional del Movimiento Antorchista,
Ing. Homero Aguirre Enríquez, quienes se acercaron a la misma dependencia en busca
de una entrevista con el titular de la misma o con alguien designado por él,
pero con verdadera capacidad resolutiva, en vista que, desde hace varias
semanas, no han logrado, siquiera, ser escuchados con seriedad por esa
Secretaría, encargada de la paz y la estabilidad interior de la nación. Y a esa
minúscula comisión (no más de 150 personas), encabezada por ciudadanos investidos
como representantes populares y miembros de pleno derecho de uno de los Poderes
de la Unión, se le recibió de la misma manera: con un muro metálico y un inusitado
e innecesario despliegue de fuerza que incluyó, en este caso, a miembros del Ejército
(¡¡¡) estratégicamente ubicados para intervenir en caso necesario.
Queda
claro, pues, a la luz de estos hechos, que no sólo no hay que soñar con el
diálogo respetuoso y racional, sino que está estricta y peligrosamente
prohibido acercarse a la puerta principal de la Secretaría de Gobernación, si
no se tiene permiso o invitación previa para hacerlo. Por otro lado, los medios
de comunicación, mediante una pertinaz campaña de años, obviamente desencadenada
y sostenida por “órdenes superiores”, han convertido a las garantías
constitucionales de manifestación y protesta pública en “delitos graves” a los
que han bautizado como “extorsión” y “chantaje”, gracias a lo cual, hoy pende
sobre la cabeza de cualquiera que se atreva a encabezar una marcha, especialmente
en la capital del país, la espada de Damocles de la detención y la cárcel,
acusado (¡asómbrese usted de la congruencia lógica que hay en esto!) no de
“chantaje” o de “extorsión”, sino de “ataque a las vías generales de
comunicación”. Desde luego, se aclara siempre que no está prohibido
manifestarse, “a condición de que se haga sin perturbar el derecho de los
ciudadanos a la libre circulación”. Los antorchistas, dispuestos como digo “a obedecer
la ley”, estamos esperando que se nos aclare, de modo preciso y puntual, cómo y
por qué medios podemos consumar este milagro para bien de todos.
Por
lo pronto, para evitar que, sobre los ataques armados, los robos y las amenazas
brutales de los políticos cavernarios de Ixtapaluca, nos caiga encima “todo el
peso de la ley” por manifestarnos en vía pública, hemos optado por informar a
las altas autoridades del país y al gobierno mexiquense de lo que nos ocurre y
nos amenaza, a través de documentos públicos que dejen constancia inobjetable
de nuestra denuncia oportuna de hechos. Con idéntico fin, en fecha próxima celebraremos
un gran festival cultural y de protesta en la ciudad de Toluca, en el que
participarán 50 mil antorchistas, para hacer públicas nuestras demandas que,
planteadas, discutidas y firmadas desde hace meses, siguen esperando que alguien
las haga realidad. Y lo haremos con el supremo cuidado de no tocar, ni con el
pétalo de una rosa, el monopolio que sobre las calles tienen los poderosos
tenientes de automotores, del tipo que sean, mientras el pueblo sólo monopoliza
la pobreza. Pero consideramos necesario que nuestra voz merezca algo más que menosprecio
y oídos sordos; creemos que es hora de darse cuenta que no puede apretarse más
la soga en torno al cuello de los que todo lo producen y nada tienen, mientras
que los delincuentes pública y documentadamente señalados como culpables de
hechos de sangre, de peculado, de enriquecimiento ilícito, de pagar bandas de sicarios
y asaltantes para combatir a sus enemigos políticos, etc., gozan de protección,
de la alcahuetería comprada de los medios, y se paseen con toda impunidad y
desvergüenza, burlándose sangrientamente de los humildes. Hay que ver que el
pueblo se queda poco a poco sin opciones para hacerse oír y defender sus
intereses dentro de la ley; que la sumisión y la paciencia de los oprimidos son
grandes, muy grandes, pero no infinitas.
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