Debido al relanzamiento de la reforma energética, han cobrado
fuerza los argumentos de quienes se oponen a la privatización (total o parcial,
abierta o disfrazada, dicen) de PEMEX, y los de quienes se pronuncian en favor
de una “reforma” (que no privatización, aclaran) absolutamente necesaria para
la modernización de nuestra economía. De parte de estos últimos se esgrimen
ejemplos “exitosos” como el caso de Brasil, y se responsabiliza a la oposición de
haberse quedado anclada en el pasado, defendiendo un concepto ya rebasado por
la historia reciente y, por lo mismo, totalmente hueco, vacío de contenido
social y económico y sin más utilidad que halagar a la masa con la trillada cantinela
del “nacionalismo revolucionario” y de la “soberanía nacional”. Los acusan de padecer
el síndrome de un nacionalismo “trasnochado”
A mí me parece, sin embargo, que ambos puntos de vista
(al menos en sus pronunciamientos públicos) cometen el mismo error, que son
víctimas del mismo vicio discursivo al limitarse a arañar la cubierta del
problema sin decidirse a descender a las entrañas del mismo para mostrar a la
opinión pública con números, con cuentas claras, precisas e inobjetables, en
qué y en cuánto dinero contante y sonante su propuesta supera a la del
adversario y, sobre todo, quién o quiénes, y por qué vías, serán los auténticos
beneficiarios de los mejores resultados obtenidos. En vez de eso, unos y otros
se limitan a recoger los epítetos, los adjetivos y las descalificaciones del campo
enemigo, y tratan de responderlos y neutralizarlos con otros epítetos y otras
descalificaciones similares. Pero ninguno da
muestras de querer ir más allá de lo superficial, de situarse en el
terreno de lo sustantivo, de lo que verdaderamente interesa, o debe interesar,
a quien quiera entender la médula de las diferencias y tomar partido por una u
otra posición con suficientes elementos de juicio.
Pero esa sustantividad existe y es absolutamente
necesario que el pueblo la conozca en forma completa y detallada, ya que asciende,
como dije, a varios miles de millones de pesos de más o de menos, según que nos
ubiquemos en una u otra visión del problema. En efecto, cualquiera entiende que
los opositores a la reforma no defienden el puro concepto abstracto de nacionalismo como dicen sus detractores;
que lo que realmente les preocupa es que, de acuerdo con una lógica económica
de párvulos, si PEMEX o cualquier otro bien de la nación se privatiza, en el
grado y manera que sea, las utilidades que reporte a partir de ese momento serán
propiedad legítima (en todo o en parte) de sus dueños, e irán a incrementar, en
la proporción correspondiente, la fortuna privada, el lujo y el despilfarro de esos
mismos dueños, en desmedro de la parte correspondiente a la nación. Por tanto,
no es pura ideología rancia, ni ganas de enturbiarle el agua a nadie, el que esa
gente se pregunte: Si se impone la reforma, ¿cómo, por qué caminos, por qué
vías el pueblo, las mayorías trabajadoras empobrecidas van a ser beneficiadas
con ella? ¿Será todo resultado automático del incremento de las ganancias
gracias a un manejo más eficiente y más honrado del negocio? Pero la
experiencia mundial disponible desmiente tal distribución automática de los
beneficios. ¿Hará falta, entonces, garantizarla mediante mecanismos legales
diseñados exprofeso? ¿Y cuáles son esos mecanismos en la propuesta de los
reformadores? ¿O se piensa, quizá, en un ingreso mayor para el erario nacional
mediante una mayor tributación de la nueva empresa? Pero eso no parece creíble
a la luz de los privilegios fiscales de que ya hoy disfrutan los gigantes
económicos. ¿Será diferente en el caso de PEMEX? Parece, pues, que hay razón
suficiente para que los “nacionalistas trasnochados” se opongan a la reforma.
Pero,
por otra parte, los “reformistas” tampoco dicen disparates cuando insisten en
que PEMEX necesita de una sustancial inyección de capital que, junto con un manejo
técnico más eficiente y una administración más profesional, incrementen las
reservas probadas de hidrocarburos y eleven sustancialmente las utilidades si queremos
modernizar y vigorizar nuestra economía. Y más razón tienen cuando afirman que,
tal como están las cosas hoy, no es el pueblo mexicano quien más se beneficia con
las ganancias petroleras, sino la burocracia corrupta que las administra en su
provecho, diligentemente apoyada y ayudada por el sindicalismo charro y hasta
por el crimen organizado que “ordeña” los ductos de PEMEX. Así pues, tampoco
pueden desecharse estas razones recurriendo sólo a la descalificación y a las
adjetivaciones. Hace falta un esfuerzo mayor.
Por tanto, insisto: la cuestión requiere, primero, demostrar
matemáticamente cuál de las dos propuestas garantiza la mayor eficiencia en materia
de utilidades; segundo, precisar cómo, mediante qué mecanismos, se distribuirán
dichas utilidades, teniendo en mente que ahora intervienen intereses privados. En
la empresa pública no hay duda: poca o mucha, la utilidad neta va directamente
al erario nacional y de ahí (probablemente) a mejorar el nivel de bienestar de
la población; en la empresa privada la ganancia, en todo o en parte, va a manos
privadas, y es necesario, por tanto, convenir previamente cómo y por qué
caminos se dividirían los beneficios entre el capital y la nación. En cuanto a
la corrupción burocrática y sindical y a la necesidad de su erradicación,
tampoco cabe discusión alguna; pero el problema es que de tales verdades no se
desprende en automático la necesidad de inyectar capital privado y administración
privada a la empresa. Si así fuera, habríamos de preguntar dónde quedan las
promesas de combate sin cuartel a la corrupción nacional, pues resulta
inevitable pensar que, si no podemos sanear a PEMEX sin ayuda privada, menos podremos
hacerlo con el país entero.
En
conclusión, creo que está claro que de ambas partes se dicen (o mejor dicho, se
defienden por implicación) puntos de vista y argumentos sólidos, incuestionables
e imposibles de ignorar y derrotar con una simple lluvia de descalificaciones.
Por lo tanto, la única manera válida (y útil para la nación) de zanjar el diferendo,
es que cada quien aplique la aritmética a su propuesta, demuestre la
superioridad cuantitativa de sus resultados y precise la naturaleza y eficacia
de los mecanismos de distribución equitativa de las mayores utilidades
resultantes. De ese modo quedará probada irrefutablemente la superioridad de la
propuesta mejor, y la opinión pública podrá tomar una decisión informada, sin tener
que partir de una profesión de fe ideológica o, peor aún, obligado por el miedo
al poder, por la conveniencia egoísta o por el arribismo político. ¡Sería un
verdadero milagro!
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